«Las manos de Marta y el corazón de María» por Damaris Barrera

“Aconteció que, yendo de camino, entró en una aldea; y una mujer llamada Marta le recibió en su casa. Esta tenía una hermana que se llamaba María, la cual, sentándose a los pies de Jesús, oía su palabra.” (Lucas 10: 38-39)

Una familia humilde, de escasos recursos, pero en todo ello tenían una fe viviente en Jesús, esta fue escogida para ser amada por el Maestro, un amor ofrecido en igual medida y forma a cada uno, Él disfrutaba de la hospitalidad y compañía de ellos cultivando una profunda amistad que impacto a toda la región de Betania “Y amaba Jesús a Marta, a su hermana y a Lázaro” (Juan 11:5).

Marta, era la mayor de sus hermanos, dedicada al servicio, fue quien quiso testimoniar su afecto hacia el Señor recibiéndole de una manera digna en su hogar, no sólo en esta ocasión, sino también después de la resurrección de Lázaro. María, en cambio, más contemplativa que su hermana solo deseaba escuchar al Señor.

Al leer la Palabra y comprender la historia de esta familia adictos a Jesús, el servicio por parte de Marta, la devoción de María y su amado hermano, podríamos crear un largo escrito de lo que este relato significa para nosotros como creyentes.

Recordemos que, en esta familia, Cristo obró en uno de los más grandes y maravillosos milagros narrados en su ministerio: “La resurrección de Lázaro”, aun así, este milagro gatilla el complot de los principales sacerdotes para matar a Jesús y también a Lázaro (Juan 12:9-11).

El señorío, soberanía y autoridad de Cristo son completamente visibles en esta linda y grandiosa historia, entonces, hay algo en cada hermana que llama mi atención y en ello medito: “Las manos de Marta y el corazón de María”.

“María sentándose a los pies de Jesús, oía su palabra. Pero Marta se preocupaba con muchos quehaceres” (Lucas 39-40).

La palabra nos hace referencia en que Marta estaba dedicada en los afanes de la vida (en los quehaceres del hogar), preocupada por dar una buena atención al Maestro, en cambio María tan solo escuchaba cada palabra que salía de su boca y ello causó ser reprendida por su hermana por no ayudarla.

Aun así, María tomó una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio, y ungió los pies de Jesús, y los enjugó con sus cabellos; y la casa se llenó del olor del perfume. (Juan 12:3).

Quebrando el vaso, derramó este costoso perfume sobre la cabeza de Jesús, para muchos un desperdicio, pero para María una ofrenda en adoración y gratitud por lo que Dios había hecho por su vida y la de su amado hermano.

El amor y hermosa adoración demostrado cautivan mi corazón, sin duda, el corazón y mente del Maestro estaba atento a esta mujer.

Respondiendo Jesús, le dijo: Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas. Pero sólo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada. (Lucas 10:41-42)

Nuestro Señor estaba en control de todo, y usó una escena de la vida cotidiana para enseñarnos la prioridad de la adoración y el servicio en la vida del creyente.

Dos formas de servir, solo una de adorar (Lucas 10:39-40).

La descripción en el evangelio de Lucas sobre María es hermosa y precisa al mismo tiempo, nuestro Señor hace de su casa la suya, y ella comprende de inmediato que toda la atención y energías debían estar puestas en un único servicio, básico y sencillo, pero tremendamente profundo: «escuchar su Palabra.»

El corazón dispuesto de María era mejor que cualquier manjar que ella o Marta hubieran dispuesto sobre la mesa, y sigue siendo la mejor ofrenda que podemos dar a Dios: nuestras propias vidas.


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